No me dejes niña triste. Quiero seguir viendo tus huellas en el sendero verde. No me dejes por favor. Quiero acompañarte hasta el fin de tus penas. No te vayas mi niña dulce. Recostá tu voz mientras canto una canción de cuna. No desaparezcas mi amor. Todavía no estoy listo para estar solo. No busques mas nada. Quiero ser quien rejunte tu alma resquebrajada. No te lleves mis sueños con vos. Por favor no te vayas sin dejarme acompañarte. Quiero verte dormir o hacerlo junto a vos. Si me dejás rondare en tu vida para siempre. No quiero llegar y buscarte. No quiero sentir la mala noticia.
Aquí están tus recuerdos: este leve polvillo de violetas cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas; tu nombre, el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras; el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio; mi infancia, tan cercana, en el mismo jardín donde la hierba canta todavía y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí, entre los matorrales de la sombra.
Todo siempre es igual. Cuando otra vez llamamos como ahora enó el lejano muro: todo siempre es igual. Aquí están tus dominios, pálido adolescente: la húmeda llanura para tus pies furtivos, la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer, las antiguas leyendas, la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.
¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo! ¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos! Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo tan deslumbrante y claro.
¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo, por algún paisaje que he querido? ¿Recuerdas todavía la nevada?
¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes, tu morada de hierros y de flores!
Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo, extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados, tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!, la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.
Espera, espera, corazón mío: no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente. Otra vez, otra vez, corazón mío: el roce inconfundible de la arena en la verja, el grito de la abuela, la misma soledad, la no mentida, y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.
... `` la fe no ha conseguido aun transportar verdaderas montañas, aunque se haya afirmado no se por quien, pero sabe colocar montañas donde no las hay.
Voy a dar el ultimo suspiro, hondo, desmedido. Las hojas de los arboles comienzan a caer en este otoño tibio, solo porque a llegado su momento. La noche se desvanece, simplemente porque llega a su fin. El silencio de la madrugada es ruidoso, solitario, casi cruel. Tan cruel como ese dios perverso que parece masturbarse con el sufrimiento de su mundo amado y no siente culpa cuando castiga al más débil, al desprotegido por el mismo. Cuando el tiempo flota como ahora, recuerdo mi inocencia y que me daba lo mismo matar o morir, soñar… Ya me dijiste de tu desprecio, no hace falta dejarme ciego. Las mariposas dejan caer sus alas sumisamente, como dejo mi cuerpo a merced del tiempo y el lo corroe, placenteramente, asfixia hasta el alma, apaga su luz lentamente, tan despacio que ni logro sentirlo. Cada palabra se despedaza, se parte en mil fragmentos. Nunca podre juntarlos, nunca mas.
Una vez, una sola, amable y dulce mujer, En mi brazo tu brazo pulido Se apoyó (sobre el fondo tenebroso de mi alma Este recuerdo no ha palidecido);
Era tarde; cual una medalla nueva La luna llena se mostraba, Y la solemnidad de la noche, como un río, Sobre París durmiente corría.
Y a lo largo de las casas, bajo las puertas cocheras, Los gatos pasaban furtivamente, El oído en acecho, o bien, como sombras queridas. Nos acompañaban lentamente.
De pronto, en medio de la intimidad libre Abierta a la pálida claridad, De ti, rico y sonoro instrumento donde no vibra Más que la radiante alegría,
De ti, clara y alegre cual una fanfarria En la mañana chispeante, Una nota llorosa, una nota discordante, Se escapó vacilando
Como un niño endeble, horrible, sombrío, inmundo, Del que su familia se avergonzara, Y que, durante mucho tiempo, para ocultarlo al mundo, En una cueva lo tuviera en secreto.
Pobre ángel, ella entonó, su nota chillona: "Nada aquí abajo es cierto, Y siempre, por más que se acicale, Se traiciona el egoísmo humano;
"Es duro oficio el de ser bella mujer, Y es el trabajo banal De la bailarina loca y fría que se pasma En una sonrisa maquinal;
"Construir sobre los corazones es una cosa necia; Que todo vacila, amor y belleza, Hasta que el Olvido los arroja en su capacho, ¡Para volverlos a la Eternidad!"
Con frecuencia he evocado esta luna encantada, Este silencio y esta languidez, Y esta confidencia horrible murmurada En el confesionario del corazón.